Al ingreso del pueblo de Negritos, en el norte del Perú, hay un monumento que puede parecer extraño en medio del inmenso desierto: un gran tigre dientes de sable recibe a los visitantes y se ha convertido en símbolo de esta soleada región. Un ejemplar que parece salido de las películas de la 20th Century Fox, pero que, en realidad, habitó en estos parajes durante el último período glaciar de nuestro planeta, conocido popularmente como la era de hielo, evento sucedido entre unos 20.000 y 12.000 años atrás, cuando esta parte del mundo no era ni por asomo el desierto que es hoy, sino por el contrario albergaba un rico ecosistema parecido al de un pantanal.
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Por entonces, la superficie marina estaba ciento cincuenta metros por debajo de lo que se encuentra en nuestros días. En este terreno húmedo y frío convivía una rica fauna compuesta por grandes lobos, tigres dientes de sable, armadillos gigantes, perezosos gigantes, mastodontes o ganfoterios, caballos primitivos, camélidos, venados y mamíferos más pequeños como roedores, gatos monteses, y una variedad de aves acuáticas y carroñeras, además de iguanas, ranas, serpientes y cocodrilos. Y, entre todos ellos, destacaba el zorro de Sechura, especie abundante que ha sobrevivido hasta nuestros días.
Hoy puede conocerse esta información tan precisa, debido a que en esta zona del norte peruano se producían constantes afloramientos de asfalto, donde quedaron atrapados muchos de estos animales. “Estos subsuelos empapados de brea y petróleo funcionaron como trampas naturales”, dice el doctor Jean-Nöel Martínez, paleontólogo de origen franco-español que llegó al Perú hace 25 años para hacer una pasantía posdoctoral y se quedó, fascinado con la riqueza de fósiles en esta región. Actualmente, Martínez dirige el Instituto de Paleontología de la Universidad Nacional de Piura y con sus alumnos ha realizado diversas investigaciones en estos yacimientos ubicados en el distrito de La Brea, Negritos, en Talara, conocidos hoy como Pampa La Brea.
El redescubrimiento
La historia de Pampa La Brea se inició a mitad del siglo XX, en el auge de la exploración petrolera. Como relata Martínez, hacia 1958 geólogos canadienses de la International Petroleum Company descubrieron los yacimientos de fósiles y realizaron las primeras excavaciones. “En esa época, la paleontología era muy incipiente en el Perú y nadie le daba importancia –se lamenta el especialista–. Todo el material encontrado [fósiles completos de animales] fue a dar al museo de historia natural de Toronto”.
Martínez pudo redescubrir el sitio en el 2003, por información de un antiguo habitante del lugar, quien en su juventud había trabajado con los canadienses: “¿Usted busca un lugar donde la tierra es negra y huele a petróleo?, le preguntó. Al responderle afirmativamente, lo llevó a una pampa ubicada poco antes del peaje a Talara. “Efectivamente –cuenta el paleontólogo–, había sedimentos removidos y encontré un montón de fragmentos de huesos que eran los que habían dejado los canadienses medio siglo atrás”.
Entre el 2003 y 2007 se organizaron diversos trabajos de campo y después visitas puntuales, sin realizarse excavaciones de gran amplitud por falta de financiamiento. En ese momento, Martínez contactó a Emily Lindsey, actual curadora y directora del sitio de excavación de La Brea Tar Pits, ubicado en Los Ángeles, EE.UU., un yacimiento de afloraciones asfálticas similar al de Talara, donde se realizan investigaciones paleontológicas hace más de un siglo. Lindsey era promotora del proyecto Breas (Bridging Research and Education at Asphaltics Sites), que busca establecer puentes de cooperación, educación e investigación en lugares de afloramientos asfálticos en el mundo. “Con esta cooperación, en el 2024 empezamos un programa de excavación sistemática en Talara –explica Martínez– enfocado en la totalidad de la fauna y la flora del lugar. Nuestra tarea era recolectar fósiles de pequeños vertebrados, a los que se dio menor importancia en el pasado, cuando los estudios se concentraban en la megafauna”.
Nuevos hallazgos
Lo sorprendente es la cantidad de fragmentos hallados en las excavaciones recientes, los que responden a un ecosistema diverso que, según los especialistas, permiten conocer cómo era esta parte de Sudamérica en los tiempos de la última glaciación. “Una de las metas principales de este proyecto –dice la doctora Emily Lindsey, desde su oficina en Los Ángeles– es desarrollar una colección grande de este sitio, en Talara, que es uno de los más importantes de la era de hielo en toda Sudamérica. Sus depósitos asfálticos son únicos al contener gran biodiversidad”.
Hace unas semanas, Lindsey estuvo en Pampa La Brea y pudo presenciar las excavaciones: “Encontramos un nuevo depósito –cuenta– que no había sido excavado y hemos recolectado más de 300 piezas durante este año. Nuestra esperanza es poder seguir con este proyecto por varios años más, y desarrollar una colección de fauna y flora para tener una representación del ecosistema entero”.
“En estos dos años –complementa Martínez– hemos encontrado muchos huesos fosilizados del ‘Aenocyon dirus’, una especie de lobo muy robusto. Hemos encontrado un fémur completo, intacto, como si el animal hubiera muerto ayer. También es muy llamativa la presencia de restos de aves acuáticas y carroñeras, y de la especie más numerosa en Pampa La Brea: el zorro de Sechura”. En las últimas semanas, el equipo de investigación binacional ha podido acceder a sedimentos más profundos, por lo que no pierde las esperanzas de encontrar fósiles completos de alguno de los grandes animales del Pleistoceno e incluso hallar evidencia humana.
Hipótesis del fin
Una de las grandes preguntas de la paleontología contemporánea es entender por qué desapareció la megafauna de la era de hielo. “Sabemos que durante casi todo el Cenozoico, por más de 50 millones de años, el planeta fue dominado por mamíferos grandes –explica Emily Lindsey–, pero al fin de la era de hielo, en el pasado muy reciente, estos desaparecieron de casi todo el planeta. Por entonces pasaban dos procesos: por un lado, un cambio climático muy intenso, con la mitad del continente bajo hielo, el cual se retiró apenas hace 5.000 años. Lo otro que sucedió fue que los humanos crecíamos en población y migrábamos de un continente a otro. Era una especie que caminaba en dos pies, con una lengua y una estructura social, muy efectiva al cazar. Algo entre estas dos fuerzas resultó fatal para los mamíferos grandes”, afirma.
En medio de estos cambios, los mamíferos más pequeños sí lograron adaptarse. “No necesitan tanta comida ni tanto espacio y se reproducen más rápido –agrega Lindsey–. Martínez coincide con ella. No descarta que el fin de la megafauna pueda haberse debido a factores climáticos y humanos. “Es lógico pensar que el ser humano terminó por extinguir a poblaciones naturales de animales fragilizadas por el cambio climático”, afirma. Por esto, resulta imprescindible conservar y estudiar reservas de fósiles como las de Talara: sus sedimentos resultan ventanas a ese pasado no tan remoto que nos puede dar respuestas para enfrentar los desafíos actuales y futuros marcados también por la crisis climática y ambiental.
