Hace pocos días, el sur de Lima quedó sumido en el caos después de apenas unas horas de lluvias. La DANA Aníbal provocó precipitaciones extraordinarias no solo en la capital, sino también en Arequipa, Tacna, Moquegua e Ica, además de generar nevadas, fuertes vientos y un descenso de las temperaturas en la costa central y sur.
El episodio debería servirnos como una advertencia. Si unas cuantas horas de lluvias fueron suficientes para dañar viviendas, desbordar aguas servidas, inundar colegios y dejar vehículos prácticamente sumergidos, cabe preguntarnos qué ocurrirá cuando enfrentemos un fenómeno que no durará horas, sino meses.
Lo más preocupante es que el tiempo juega en nuestra contra. Como ha señalado el ministro de Desarrollo Agrario y Riego, Marco Vinelli, el periodo para ejecutar determinadas obras de prevención ya pasó y lo que corresponde ahora es preparar al país para un eventual impacto del Fenómeno de El Niño.
Esta afirmación debería encender todas las alarmas. Si ya no estamos en condiciones de realizar grandes obras preventivas, al menos debemos reforzar las capacidades de respuesta. No podemos permitir que la falta de previsión se convierta nuevamente en una tragedia anunciada.
La DANA Aníbal nos acaba de mostrar lo que puede ocurrir cuando la naturaleza descarga su fuerza sobre ciudades que no están preparadas. Sería irresponsable ignorar esa señal.